martes, 25 de agosto de 2009

UN FELLINI CADA DIEZ AÑOS


Los Inútiles en 1953, Ocho y Medio en 1963, Amarcord en 1973, Y la Nave Va en 1983...¿casualidad? Parecería que cada diez años el director Federico Fellini vio pasar su cometa Halley personal y no se lo dijo a nadie. O quizás si.

Con 33 años de edad y una larga carrera como dibujante y guionista, Fellini dirige su segunda película en solitario. Se llamó Los Inútiles (I vitelloni, 1953) y en ella un quinteto de inservibles ya medio caducos deambula por un balneario de provincias en la posguerra (¿el Rimini natal del director?) evadiéndose de la realidad, sin nada para hacer y esperando algo que nadie sabe qué es.
Algo muy cotidiano en occidente, pero aquí, sin moraleja y con algo de resaca neorrealista, todos pagan el importe:
El lascivo Fausto (Franco Fabrizi), al que todo ente con tacones le vale, es obligado a casarse, va de luna de miel a Roma y ni bien vuelve lo embuten en una túnica de subalterno en una tienda de antiguallas (¡y no le dan tiempo ni a quitarse el traje de la capital!); seduce a la vieja mujer del jefe, es despedido, roba una estatua, su mujer se escapa con el niño y el padre lo machaca a cinturonazos.
Alberto (Alberto Sordi) se va del carnaval arrastrando una clarividente borrachera y la cabeza de un muñeco atada a una cuerda, sólo para encontrarse que al llegar a casa, la hermana se escapa con un tipo oscuro, dejándolo solo, desempleado e improductivo a cargo de la madre octogenaria.

Your ballroom days are over
El pseudo-intelectual escritor de sainetes Leopoldo (Leopoldo Trieste) conoce a un actor mugriento y crepuscular al que fastidia con la lectura inoportuna de sus tediosas obras: el encuentro termina muy mal en una escena de lo más lúgubre en un muelle.
De Riccardo (hermano de Fellini) poco se sabe, y el testigo casi espectador Moraldo (Franco Interlenghi ¿alter-ego de Fellini?), será acaso el único que se salve tomándose un tren a cualquier parte.
Sin embargo son los únicos que están vivos en esa cloaca regional y es imposible no identificarse con ellos: el miedo a crecer se desprende de lo que perciben a su alrededor y en realidad lo más inútil de estos desgraciados es su vitalidad, un moverse de un lado a otro para quedar sepultados en la nada, tal como el resto.
El director narra, entre sones de Nino Rota, una historia lineal, sin fisuras y sin chirridos, pero ya se nota mucho que es Fellini, el desertor de la fórmula neorrealista. “Los Inútiles” no parece un drama, de algún modo el director lo convierte en una comedia absurda de situaciones, con una dosis de existencialismo itálico, de entornos y proto-personajes fellinianos: el desequilibrado que lleva la estatua en una carretilla, el rancio actor repugnante, la escena del baile de carnaval, los paseos por una playa amenazante. El drama está, pero Fellini parece que lo velara con ingenio sin banalizar la anécdota. Uno no sale deprimido del cine, ya sea porque todo está mal pero ya estamos acostumbrados, o ya sea porque casi todos somos unos inútiles.
Riccardo Fellini, Trieste, Fabrizi, Leonora Rufo, Interlenghi y Sordi. Los inútiles escuchan discos.
Diez años después y con la fastidiosa carga de superar el éxito de crítica y público de “La Dolce Vita”, el director se hunde y decide filmar Ocho y Medio (Otto e Mezzo, 1963). Allí el director Guido (Marcello Mastroianni) es el propio Fellini en ese proceso de ocaso creativo, internado en una clínica de reposo donde una muchedumbre de espantajos snobs se dan cita a beber aguas reconstituyentes: los visitantes entran y salen a su antojo y las fiestas y los diálogos son tan grotescos como los confinados.
En un mecanismo de meta-cine y presionado por productores, guionistas, intérpretes y hasta obispos, el director logra la creación de la imposibilidad: con la imaginación momificada, ¿qué mejor idea que filmar acerca de eso mismo, acerca de lo que piensa, vive, sueña y padece el artista que ha perdido la inspiración y que para colmo está metido en una especie de loquero?
Frente a las obligaciones de su trabajo Guido quiere  huir de todo, huir a regentear un harem con las mujeres de su vida (la musa Claudia Cardinale, la amante Sandra Milo, la esposa Anouk Aimée, etc); huir para sumergirse en los recuerdos de su infancia en la rígida escuela católica y ver bailar la rumba a la satánica Saraghina, tropezarse con su propio Rosebud (Asa-Nisi-Masa) o reencontrarse con el padre muerto saliendo y entrando a la tumba.

El harem de Guido.
La coreografía de realidades, sueños, evocaciones, angustias y alucinaciones en los que se mezclan  los personajes resulta terriblemente atractiva, (la película iba a llamarse “La Bella Confusión”) pues cada uno de ellos es una cuenta más de un rosario delirante en manos de un sujeto al borde del trastorno. Pero sólo al borde: sarcásticamente circunspecto, bufonescamente serio, ¿cínico? Mientras, Guido puede escaparse tarareando a Rossini, agitando las manos y diciéndole adiós a lo poco de neorrealismo que le quedaba.
Hasta que no hay salida: luego de una turbulenta conferencia de prensa Guido suspende la película, planta al productor Conocchia, alguien lo aprueba diciéndole que “destruir es mejor que crear cuando uno no sabe lo qué está creando” y sale a marchar con la musiquita de Nino Rota en un desfile circense con todos los protagonistas.
Muchos dijeron que “Ocho y Medio” era demasiado personal, narcisista, mentirosa, egoísta, que era un onanismo fílmico, una farsa, y que la gente no la entendió en su momento y que no la entiende ahora (¡quizá ahí está la progenitora del corderote!: la neurona deteriorada carece de época y vencimiento).
¿A quien importa? Quizás sea todo cierto, pero el hombre de Rimini nos invita a la antesala de su espíritu, al comedor de sus memorias infantiles, al patio de su inconsciente, a la terraza de su alteración y al retrete de su catarsis. ¿Parece poco?

Guido espera a que le sirvan las aguas reconstituyentes.
Providencialmente (¿?) una década más tarde se estrena Amarcord (1973). “Ah, me recuerdo” señala Fellini, esta vez con la máscara del actor pelirrojo Bruno Zanin (Titta); a partir de ahí echa a andar la máquina del tiempo y vuelve a un período pre-inútiles, casi opuesto a lo que se ve con aquellos “Inútiles” de posguerra.
Recreando en los estudios de Cinecittá el Rimini de los treintas -en el esplendor del fascismo-, Amarcord no tiene básicamente ni argumento ni conflicto, excepto los de la faz rutinaria (¿?) de un pueblo. ¿Y que sucede allí si no hay conflicto ni hilo conductor? Pues por suerte ocurre todo lo que al director se le antoja, real, inventado, soñado o alucinado durante el período exacto de un año.

El desfile de Il Duce Florido.
Con trazos mínimos y casi surrealistas entreteje un puñado de anécdotas, fábulas e historias con las que recompone la memoria particular de su propio mundo. ¿Y quienes se menean y consumen oxígeno en tal sitio? Están Titta y su familia: la sufriente madre Pupella Maggio, el irascible padre Armando Brancia, el tío seductor Nando Orfei, el perturbado tío Ciccio Ingrassia (que se trepa a un árbol y pide “una mujer”) el abuelo Giuseppe Ianigro (que se pierde en una niebla tan espesa que cree estar muerto); están los amigos de Titta -el deforme Alvaro Vitali, el arquetípico gordo Fernando De Felice- y están los demás habitantes del pueblo: una Greta Garbo de provincias (Magali Noel), un puñado de ridículos y amanerados profesores, un abogado campanudo que arroja data histórica mirando hacia la cámara, un mitómano borrachín vendedor de castañas, la ninfómana Volpina, un acordeonista ciego, un tipo que se atraviesa a cada rato con una moto estruendosa, unos fascistas de opereta, un par de gigantescas tetas que asfixian a Titta y una claque variopinta que vocifera y acompaña los acontecimientos. También suenan muchos pedos.

Titta en aprietos.
Y abundancia, superabundancia de escenas que se bambolean entre la genialidad conmovedora y el nonsense descacharrante: Un gramófono reproduce la Internacional desde un campanario, un simple almuerzo en casa de Titta concluye antes de los postres en un caos asombroso, los habitantes se entusiasman como niños por la llegada de la nieve, o salen al mar en barcazas durante la noche para despedir al monumental Transatlántico Rex, o festejan la llegada de una cabeza parlante e inmensa del Duce construida con flores (que encima ejerce de sacerdote en el casamiento imaginario de un amigote de Titta). Estén donde estén y hagan lo que hagan, la música de Nino Rota parece acunar, acompañar y proteger a los personajes, quizá como en ninguna otra película.
Para bien o mal, Fellini consigue que deseemos estar allí con todos estos especimenes. Puede sonar gaga, pero es la sensación que me queda y de la que creo beneficiarme.
Hay algo muy entrañable en esa receta de cotidianeidad poética y melancólica de lo que quizás nunca ocurrió (o sí) pero de lo que se sospecha que nunca más ocurrirá.

Bruno Zanin, Luigi Rossi, Alvaro Vitali, Bruno Scagnetti, Bruno Lenzi: los testigos.
Sí, hubo que esperar otros diez años más y un puñado de celuloides que se hicieron llamar “Casanova”, “Ensayo de Orquesta” y “La Ciudad de las Mujeres” para que apareciera Y la nave va (E la nave va, 1983). Son las vísperas del comienzo de la primera guerra mundial, la cantante de ópera Edna Tetua se muere y hay que tirar las cenizas en la isla de Erimo. Comienza como una película muda que de a poco se sonoriza, se coloriza y nos mete en el transatlántico Gloria N, que cobija al funeral flotante. Ahí se amontonan amigos, colegas y devotos de la cantante, y los hechos son registrados por Orlando (Freddie Jones), un jovial periodista que explica estérilmente al espectador qué es lo que sucede a bordo.
Al principio la convivencia es aceptable pero todo cambia cuando el capitán recoge unos serbios en alta mar y la distinguida comunidad artística de petulantes se alborota. Se logra una relativa y tensa calma luego que cantantes y músicos se mezclan con el hervidero de serbios y bailotean juntos en la cubierta; sin embargo el asunto vuelve a convulsionarse cuando un acorazado austrohúngaro los intercepta y exige la entrega de los refugiados (entre los que se sospecha –o no- que está el responsable del atentado al archiduque austriaco Francisco Fernando).

Freddie Jones estorbando a comensales y camareros.
Para complicar un poco, entre los dolientes hay un par de príncipes austriacos (un mofletudo embutido en un trajecito imperial y su hermana ciega – la coreógrafa Pina Bausch- que le atribuye colores a las voces), una especie de Rasputín, dos vejetes que juegan con dignidad infantil a hacer música con las copas, un cornudo masoquista de risa enfermiza y un barbeta que hipnotiza gallinas. Además hay un rinoceronte putrefacto en la bodega.
Con las intrigas que hay en el revoltijo, es inevitable que alguien piense que el tema de  “Y la nave va” es la lucha por el poder en varios niveles: a diferencia de “Amarcord”, aquí si hay un conflicto...en el microcosmos, los carboneros de las calderas piden a la sucesora de la muerta que cante algo y el resto de los cantantes se le anticipan compitiendo por dar el mejor tono...en el macrocosmos, serbios contra sopranos, serbios contra austrohúngaros, éstos contra italianos y la guerra mundial tocando a la puerta y bla, bla, bla.

Los vejetes y sus copas
Tal vez lo cierto sea que el barco y lo que pasa en él es nada más que una defectuosa sinopsis del cosmos de Fellini. ¿Por qué? Los ornamentos de la película (transatlántico, olas, sol, etc.) son tan fidedignamente artificiosos como el distinguido grupo de engolados operáticos “Parece pintado” dice alguien acerca de un cielo que ya se intuye de fantasía. Finalmente queda explícito cuando una cámara secundaria se va por detrás de las principales para mostrar los decorados de la costosa producción, al equipo técnico y al propio Fellini filmando en un carrito, ególatra y supremo ente creador de todo lo que vemos en ese instante. Y de paso, la irreverencia explícita de exponer el artificio lo hace caer bien parado como un gato. Engaños dentro de engaños, tal como en Ocho y Medio, pero...
Ya hacía décadas que Fellini era ciudadano ilustre de los estudios Cinecittá, un artilugio para manipular a su gusto como un nene con un mecano. No poca de su ideología fílmica se apoyó en esos escenarios, y quizá en “Y la Nave va” es donde se exteriorizan con más fuerza que nunca. Los maravillosos decorados y todo lo que se ve disimula una historia por momentos endeble, a veces densa, torpemente anti-bélica, media redundante y llena de personajes que no se desarrollan. ¿Interfiere este pormenor? No.
“Y la nave va” resiste todo detalle y análisis. Porque igual con los deshechos de ella más de un neoyorquino debe haber hecho la mitad de su carrera. Y porque Fellini quiso hacerla así, y esta es su última gran película.
Murió en Roma el 31 de Octubre de 1993.  Si , diez años después.

Freddie Jones estorbando al rinoceronte
Los Inútiles (I Vitelloni. Italia, 1953) Dir: Federico Fellini. Guión: Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano. Música: Nino Rota. Fotografía B/N: Otello Martelli. Intérpretes: Franco Fabrizi, Franco Interlenghi, Alberto Sordi, Leopoldo Trieste, Leonora Ruffo, Lida Baarova, Ricardo Fellini. Producción: Peg Films. Duración: 90 min.

Ocho y Medio (Otto e Mezzo. Italia, 1963) Dir. Federico Fellini. Guión: Tullio Pinelli, Federico Fellini, Ennio Flaiano, Brunello Rondi. Música: Nino Rota. Fotografía B/N: Gianni di Venanzo. Intérpretes: Marcello Mastroianni, Claudia Cardinale, Anouk Aimée, Sandra Milo, Rossella Falk, Barbara Steele, Mario Pisu, Guido Alberti, Madeleine LeBeau, Caterina Boratto. Coproducción Italia-Francia: Cineriz / Francinex. Duración: 140 min.

Amarcord (Italia, 1973) Dir. Federico Fellini. Guión: Tonino Guerra & Federico Fellini. Música: Nino Rota. Fotografía Color: Giuseppe Rotunno. Intérpretes: Bruno Zanin, Pupella Maggio, Armando Brescia, Ciccio Ingrassia, Magalie Noël, Josiane Tanzilli, Alvaro Vitali, Nando Orfei, Luigi Rossi.. Coproducción Italia-Francia; F.C. Producioni / P.E.C.F. Duración: 127 min.

Y la nave va (E la nave va. Italia, 1983) Dir. Federico Fellini. Guión: Tonino Guerra & Federico Fellini. Música: Gianfranco Plenizio. Fotografía Color: Giuseppe Rotunno.
Intérpretes: Freddie Jones, Barbara Jefford, Victor Poletti, Norma West, Peter Collier, Fiorenzo Serra, Sarah Jane Varley. Coproducción Italia-Francia; Gaumont / Vides Production / RAI. Duración: 132 min.

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