martes, 22 de septiembre de 2009

LA VIEJA VIOLENCIA DEL FUTURO


A un par de años del estreno de “No es país para viejos” y ya lejanos los ruidos y ríos de tinta que ocasionó a favor y en contra, es saludable revisar esta multipremiada película del dúo Joel & Ethan Coen, sólo para confirmar que es una de las más sobresalientes de los últimos años. Para otros - y quizás también para los mismos – sea igualmente una de las más desconcertantes.

Es 1980. En un desierto cerca de la tétrica frontera USA-México, el cazador Llewellyn Moss (Josh Brolin) encuentra un maletín lleno de billetes, resultado de una fallida transacción de drogas. Así las cosas, el cazador de animales se convierte en presa porque el implacable cazador de humanos Antón Chigurh (Javier Bardem) va detrás de él sin perder tiempo en ademanes. Intercede para terciar el policía Tommy Lee Jones con su nulidad pragmática: la ley ya no es otra cosa que testigo reflexivo e inútil frente al nuevo modo de violencia incorporada por Bardem.
Brolin sigue el camino que elegiría el espectador, toma el dinero y huye: demasiado humano con sus vicios y sus virtudes, es un duro también, que opera con sagacidad y criterio pero se intuye que no le alcanza, que no está a la altura del engendro profesional y desquiciado que lo acorrala. Bardem es un personaje a la altura del Robert Mitchum de “La Noche del Cazador” pero sin dobleces: en realidad es la personificación de la violencia en estado terrorífico.

Josh Brolin se defiende de un perro feroz.
En este juego de gato y ratón hay un extraño paralelismo entre lo que le sucede al dúo antagónico, ambos pasan por situaciones muy similares resueltas de manera muy diferente, como la equivalencia en la escena de Brolin cruzando la frontera y la de Bardem en el accidente de tráfico. Y las puertas. Las puertas y ese modo tan particular de abrirlas. Uno que espera adentro y otro que está a punto de entrar, en roles intercambiables, esta vez entre los tres protagonistas. Y son resueltas de manera muy diferente, sea por si mismos, sea por la suerte, sea porque el destino prepara distintos platos y no siempre los reparte bien.
Bardem no parece humano, cuando falla resuelve las adversidades de manera imperturbable a la vez que perturbadora. Su lacónico coloquio siniestro, taciturno y letal demuestra que es un feroz psicópata: va en serio, no es país para chistes.

Javier Bardem: los trastornados se ríen así.
Bardem decide el futuro del prójimo con una moneda, mata decenas de personas y abre puertas con un tanque cilíndrico de aire a presión. Brolin mata a un perro para defenderse.
Jones, el representante de la ley, es más importante de lo que parece aunque sea por omisión. Incapaz de sacar a Brolin del lío en que se ha metido, solo puede arrastrar el despojo de su dignidad obsoleta, procurar unos contactos estériles y rumiar en torno a lo poco que puede hacer (“A veces yo también me río. No se puede hacer otra cosa.”).
La nueva cara de la violencia, esa violencia futura que se está gestando, no se conforma con los postulados básicos de tomar el dinero y huir, es imprevisible, maneja códigos casi extraterrestres y el hastiado Jones sabe que nunca podrá detenerla. Los policías son parte de esos viejos para los que ya no hay lugar que señala el título. Pero tampoco hay lugar para Brolin con su maletín, ni para su mujer ni para su suegra, y ni siquiera para el farsante de viejo estilo que podría salvar a Brolin. En efecto, Woody Harrelson interpreta a ese personaje arquetípico de película de terror, ese que siempre viene de afuera a resolver algo pero que - fuera de tiempo y espacio - dura menos que un escuerzo en agua salada.

Hay alguien detrás de esa puerta.
Para algunos, esta película resultó desconcertante, equívoca, decepcionante. Incluye digresiones que a varios espectadores resultaron irritantes. Lo cierto es que parece que los directores juegan con la paciencia del abonado al blockbuster, ajeno a complicaciones y sorpresas. Les entregan las mejores palomitas para luego cambiárselas por algo que los confunde o que no quieren ver: muchos se han preguntado porqué Bardem perdona alguna vida en particular, qué sentido tienen las balbuceantes reflexiones de Tommy Lee Jones, porqué algunas muertes fundamentales no se ven en pantalla, porqué otras no se sabe si se produjeron, cómo es que un personaje parece encontrar el maletín como de milagro, cuál es el significado de un final tan abrupto. Todo tiene explicación, no hay misterio. Solo hay que estar atento.

Las cavilaciones vetustas de Tommy Lee Jones durante el desayuno. Tristeza sin fin.

Los hermanos Coen logran dos pequeñas grandes hazañas: primero, volver a su particular viejo estilo que parecía abandonado y al mismo tiempo rescribir fielmente con imágenes la novela de Cormack McCarthy. Ataviado el producto con ropas interiores de lujo (la camiseta elegante del más negro y polar Jean-Pierre Melville, los escarpines apretados del más fetichista Hitchcock y los calzoncillos rotos del más salvaje Peckinpah) consiguen la segunda pequeña gran hazaña: que una película se convierta en una lección de cine sin tufo a fórmula.
En este western sin caballos el manejo de tiempos, sonidos y espacios preservan la perpetua tensión de un relato vigoroso. Sin prisas y sin pausas, la atinada ausencia de banda sonora amplifica las verdaderas dimensiones de los amenazadores silencios, de los diálogos económicos y de los sonidos ambientales; los disparos, los estallidos y los últimos estertores de un moribundo sobresaltan en diversos escenarios estupendamente fotografiados: desiertos en donde impera el silbido del viento, moteles oscuros y fantasmales, calles semi-vacías en donde aúlla la ausencia de la ley. Si hay que traducir una novela al cine, retomar un estilo y pedir consejos a directores muertos, será con estas escenas que derrochan meticulosidad en cuidadísimas y prodigiosas estampas. O no será.

-Si no regreso dile a mamá que la amo.
-Tu madre está muerta.
-Entonces se lo diré yo mismo.
No es país para viejos (No Country for Old Men. USA, 2007) Dir: Joel Coen & Ethan Coen. Guión: Ethan Coen, Joel Coen sobre novela de Cormac McCarthy. Musica: Carter Burwell. Fotografía: Roger Deakins. Producción: Miramax Films / Paramount Vantage / Scott Rudin ProductionsIntérpretes: Tommy Lee Jones, Javier Bardem, Josh Brolin, Kelly Macdonald, Woody Harrelson, Stephen Root, Garret Dillahunt, Tess Harper, Barry Corbin, Rodger Boyce. Duración: 122 min.

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