jueves, 1 de octubre de 2009

ELVIS: LO BUENO, LO MALO, LO HORRENDO


Después de revolucionar al mundo musical en la década del cincuenta y luego de dos años de servicio militar en la antigua Alemania Federal, el manager “Coronel” Parker condenó al “Rey del Rock and Roll” a desaparecer de los escenarios durante casi toda la década del sesenta, confinándolo a protagonizar pavorosas comedias románticas. A pricipios de los setenta el apoderado decide sacarlo a pasear otra vez. Ese ejercicio quedó documentado en “Elvis on Tour”, un registro fílmico ambiguo e interesantísimo en donde, tan alargadas son las sombras, y tan intensas son las luces, que corresponde confirmar una vez más a Elvis Presley como el más puro icono norteamericano del siglo XX.

En el sórdido entorno paranoico de Elvis, todo movimiento era decisión del siniestro “Coronel” acompañado por un puñado de militares ancianos y arrogantes con gafas de montura de pasta y otro puñado de guardaespaldas patoteros con porte de guardias carcelarios. Este tenebroso hábitat, sumado a la invasión británica de los años sesenta y a la personalidad voluble e inconsistente de Elvis, lo convirtieron gradualmente en un ser timorato que apenas salía de su mansión para meterse en el plató de los estudios cinematográficos y de inmediato volver a su pomposa madriguera.
Elvis se perdió los años sesenta con toda su evolución y efervescencia musical y sociológica, perdió el contacto con el público y se volvió un fetiche con olor a mausoleo. Consumía toneladas de hamburguesas, bananas fritas y barbitúricos, a la vez que condenaba el consumo de drogas ilegales y rogaba al presidente Nixon que lo convirtiese en agente sólo para arrestar a un desgraciado que jugaba con un porro en un avión.
Era como un niño que antes (en los 50´s) fue un poquito malvado y jugaba al rock and roll meneando las caderas, que estuvo en penitencia (en los 60´s) con esos bodrios fílmicos sin imaginación ni acierto, y que ahora (al comienzo de los 70´s) se le permite soltarse un rato para recuperar la energía rocker. Si no le permiten desencajarse, ¿como pueden los organizadores continuar proclamándolo “Rey del Rock and Roll”?
En “Elvis on Tour” el “Rey” se encuentra con la platea llena de amas de casa aquejadas de un original histerismo controlado, acompañadas por un manojo de empleadillos y roedores de oficina. La plana mayor de la oscura y tétrica mayoría silenciosa norteamericana sale a lanzar chillidos de ratón. Frente a ellos y sobre el escenario, los espera un Elvis disfrazado ya con los indescriptibles atavíos diseñados por Bill Bellew.
Las voces de los invisibles presentadores de las diferentes actuaciones se convierten en comunicados de fuerzas vivas conjuntas, dando órdenes castrenses con acentos sureños, conminando a la masa de trasnochados fans a ubicarse en sus asientos como en un teatro de ópera o en un desfile militar, a no pararse, a mantener silencio, a no acercarse al escenario en donde un cordón policial ahuyenta viejas rebeldes abrumadas por los antidepresivos.
El público de la América más conservadora, rancia e intolerante se reúne para ver la gira del Rey, pero igual los organizadores parecen tratarlos como revoltosos. Por fortuna no siempre se mantiene ese imposible orden marcial y hay escenas de insurrección doméstica muy regocijantes.
El itinerario es pura rutina: Elvis sale de su limusina y entra al show de turno acompañado por la música glorificante de “Así habló Zaratustra” de Richard Strauss y por una decena de guardaespaldas atroces que lo defienden de los asaltos de las amas de casa que quieren un beso o un autógrafo del ídolo. Elvis es como un pre-Rocky Balboa dispuesto a defender su corona, sus esbirros le acomodan la pañoleta blanca y le secan el sudor, él va, actúa, pelea, patea y puñetea el aire.

El Rey a punto de levantar vuelo.
En el escenario, Elvis despliega su capa como un murciélago blanco, un Batman que oculta sus mondongos con una faja y que bailotea agitando un culo raro, medio inflado por los pañales geriátricos: ya entonces el “Rey” no controla su vejiga ni sus intestinos.
Luego lo sacan en volandas del mismo modo paranoico con el que llegó, para embutirlo literalmente otra vez en la fantasmal limusina que se pierde en la noche, en busca de otro show igual.
En todos los aeropuertos, la muchedumbre de mediopelo lo recibe agitando las mismas pancartas y las mismas “fotos oficiales” que reparten los agentes de prensa, ya con el autógrafo impreso. Enormes máquinas llenan vasos plásticos de coca-cola y pop-corn, los ensayos en estudio de Elvis con un coro de gospel no parecen muy espontáneos, un viejo portero explica por donde entra y por donde sale Elvis, la limusina es el elemento de escape recurrente. Un automatismo patético parece dominar la escena.
Pero no. Sólo parece. Sobre el escenario, la solvencia potente, calibrada, ajustadísima y por momentos anfetamínica de la banda de músicos y de los coros femeninos, encuadran los pasajes extraordinarios en que Elvis se suelta para recuperar el espíritu mágico que lo llevaron a ganarse el mote de “Rey”. Es algo único ver a Elvis desatándose con energía aún intacta y voz impar, reconquistando esa escena exquisitamente decadente, algo maniquea y algo auto-paródica, pero que quizá por eso mismo resulte insólitamente admirable, hipnotizante.
En este filme, el regreso esporádico del mejor Elvis y su aureola de tótem excepcional neutraliza fantásticamente toda la feria de los horrores que se ve en algunos pasajes y en la que vivió sumergido durante sus últimos años de vida.
Una fanática gimotea a la cámara que “Elvis nunca envejecerá”. Por cuestiones obvias de humor negro, tiene razón, pero por otras más sutiles a la vez que irracionales, también. Y sí, “El Rey es el Rey” aunque no pueda explicarse por qué.

Elvis on Tour (USA, 1972). Dir: Pierre Adidge & Robert Abel. Guión: Pierre Adidge, Robert Abel. Música: Elvis Presley y otros. Fotografía Color: Robert E. Thomas. Producción: MGM. Duración: 93 min.

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